Hay días en los que un país se mira al espejo, sale de su narrativa y se ve a la cara.
No ocurre por reformas, ni por discursos políticos, ni siquiera por tradiciones. Ocurre cuando la realidad rompe la ilusión colectiva y nos obliga a ver aquello que llevamos años tratando de ignorar.
El 22 de febrero de 2026 fue uno de esos días. Ese domingo México despertó con la noticia de la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. Lo que siguió no fue el silencio que acompaña a la caída del hombre más buscado del país. Fue, más bien, el ruido de una estructura que se defendía a sí misma. Se volvió evidente la podredumbre que la famosa necro-política de “abrazos no balazos” causo.
En cuestión de horas, el país presenció un sinfín de narco-bloqueos, vehículos incendiados, ataques a comercios y paralización de ciudades enteras, sin contar a los múltiples efectivos de las instituciones de inseguridad, perdón, de seguridad pública que murieron restaurando el frágil orden del país.
Las carreteras ardían, las escuelas cerraban. las fotos de los cuerpos se volvían virales. Y al pueblo le daban la misma instrucción que tantas veces antes: quédense en casa por su bien.
Y, sin embargo, lo verdaderamente inquietante no fue la violencia. Fue nuestra reacción.
Porque el mexicano y su relación con la violencia es tal como la de un enfermo que se rehúsa a ir al médico para no escuchar su diagnóstico.
Es como el niño que duerme sabiendo que hay un monstruo en su armario, lo ignora la mayor parte del día, pero en la noche, cuando lo escucha salir y respirar, cuando recuerda que está ahí… se tapa con las cobijas y cierra los ojos.
Vivimos en un país que aprendió a convivir con la violencia de esta forma extraña: no siempre la niega, pero tampoco la enfrenta plenamente, porque sabe lo que cuesta.
La incorpora, sabe que es un vicio, pero no se esfuerza por vencerlo de tanto que se acostumbró a él.
La convierte en conversación, en estadísticas de la mañanera, donde todos esperan que bajen, pero en el fondo saben que no lo harán.
Se vuelve tema incomodo de sobremesa. Se habla rápido, sin miramientos.
Sabemos exactamente qué carretera no tomar.
Qué ciudad es más peligrosa.
Qué colonia es mejor no cruzar de noche.
Hemos desarrollado un lenguaje del peligro.
Y cuando algo ocurre, un bloqueo, una ejecución, un enfrentamiento, lo primero que hacemos no es preguntar por qué, eso ya lo sabemos, sino dónde. Porque queremos saber que parte de nuestra rutina tendremos que modificar para evitarlo.
Es por esto que lo más preocupante fue la reacción colectiva.
La violencia en México ya no es un evento excepcional; ha dejado de ser tragedia para volverse una superestructura social.
Ese día, familias enteras observaron videos de vehículos ardiendo en autopistas mientras desayunaban. Soldados sangrando por impactos sin saber exactamente qué hacer. Incluso había quienes filmaban a los sicarios paseándose por las calles.
Y, sin embargo, al caer la noche, el país siguió funcionando.
En redes cambiaron de tema, las noticias pasaron a los deportes, el cuerpo no se había enfriado cuando ya había memes al respecto.
No porque el mexicano sea indiferente, sino porque aprendió a sobrevivir emocionalmente a la violencia. La sátira se volvió un mecanismo de defensa colectivo.
Pero también es una forma de adaptación peligrosa. Porque si algo es seguro, es que la violencia enseña.
Y cuando se repite durante décadas, termina educando.
• Educa en el miedo.
• Educa en la desconfianza.
• Educa en el cinismo.
Un niño que crece en México aprende muy pronto ciertas reglas no escritas:
• Que las autoridades no siempre protegen
• Que hay territorios que no pertenecen al estado
• Que hay nombres que es mejor no pronunciar
Esta clase no se imparte en las escuelas, no, esta se aprende en las conversaciones de los adultos. se aprende viendo cómo cambia el tono de voz cuando alguien menciona una hija secuestrada, un esposo asesinado, una madre perdida.
Se aprende viendo paredes tapizadas con fotos de desaparecidos. Se aprende que somos un país violento.
Porque la mayor victoria de la violencia no es el terror, es la costumbre.
Cuando una sociedad se acostumbra al horror, deja de verlo con claridad moral.
El mexicano vive en una paradoja psicológica: se enorgullece de su resiliencia, pero esa resiliencia nace de un entorno que jamás debió normalizarse en primer lugar.
Se celebra la capacidad de resistir como si fuera el mayor atributo humano, pero rara vez cuestionamos por qué hemos tenido que hacerlo durante tanto tiempo.
Toda sociedad enfrenta momentos que revelan su verdadera condición.
El 22 de febrero no solo mostró la capacidad de violencia de un cártel.
Mostró la manera en que los mexicanos hemos aprendido a convivir con ellos.
Y esta lección discreta, cotidiana, casi imperceptible, ha moldeado nuestra cultura, nuestra psicología colectiva y nuestra forma de entender el país, así como a nosotros mismos.
La violencia no solo habita en las balas.
Habita en la resignación.
Habita en el silencio.
Habita en la peligrosa idea de que así siempre han sido las cosas.
Porque cuando una sociedad comienza a aceptar el horror como parte natural de su existencia, la violencia ya no necesita imponerse, basta con que permanezca.
Y esto se lleva en lo más profundo, ¿Cuántas generaciones harán falta para limpiar las venas de este odio? ¿Cuánta violencia es suficiente para que un país despierte? ¿Cuánta sangre es suficiente sangre?


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