Después de haber establecido en la primera parte como la violencia que se ha perpetuado por décadas en nuestro país ha dejado marcas profundas en la identidad del mexicano y en el cómo se autopercibe. Considero que existe una pregunta un tanto más incómoda que rara vez nos permitimos formular:
¿Y si la violencia no fuera una falla del sistema, si fuera más bien una manifestación profunda de la verdadera naturaleza humana?
Freud propuso la idea de que el ser humano no está compuesto únicamente por impulsos de vida y creación, sino también por un instinto destructivo que llamó pulsión de muerte (Thanatos). Según este concepto, junto al deseo de crear, amar y construir, habita en nosotros un impulso primitivo tendiente a la destrucción, la agresión y el dominio, marcando una dualidad humana paradójica en la que tanto queremos orden, como queremos caos.
La sociedad “civilizada”, según esta idea, existe precisamente para contener ese impulso. Porque la realidad es que no se puede eliminar sin sacrificar la libertad, volviéndose de esta manera, en un sistema de represión.
Una camisa de fuerza que aceptamos ponernos para tratar de evitar dañarnos a nosotros mismos, con la que forcejeamos constantemente.
Las reglas, las leyes, las instituciones y los valores sociales no nacen únicamente para organizar la sana convivencia; también existen para someter aquello que el ser humano es capaz de hacer cuando sus impulsos quedan libres.
De esta manera Freud, en El malestar de la cultura, sostiene que la civilización exige un sacrificio constante: debemos reprimir nuestros instintos agresivos para poder vivir en sociedad.
Pero esta represión nunca es perfecta. Siempre quedan fisuras. Y en esas fisuras es donde la violencia encuentra su camino.
De esta manera se establece lo siguiente, en el presente contexto de nuestro país.
La dinámica de poder en materia de seguridad que sea manejado en México durante los últimos años no solo evidencia la fuerza logística del crimen organizado y la capacidad o incapacidad del estado para responder, sino también la fragilidad del orden social.
Cuando carreteras enteras pueden arder simultáneamente, cuando ciudades completas pueden paralizarse en cuestión de horas, lo que observamos no es únicamente criminalidad.
Es ver rasgarse el telón de los discursos, de la narrativa oficial, del “estamos bien”. Y detrás de ello, poder contemplar el horror de la realidad en este país. Un horror que no hay mentira lo suficientemente buena ni perfecta que logre esconder.
Freud entendía muy bien este fenómeno. De acuerdo a su teoría, la violencia no era un accidente histórico, sino un riesgo permanente que surge cuando las estructuras que contienen los impulsos humanos pierden fuerza.
La historia humana está llena de esos momentos: guerras, revoluciones, asesinatos y genocidios. No son anomalías de la especie humana. Son recordatorios de la naturaleza que viven dentro de nosotros, de lo que somos capaces de hacer.
México, sin embargo, presenta una particularidad inquietante: aquí la violencia no aparece únicamente en momentos de crisis extraordinaria.
Se ha integrado en la vida cotidiana produciendo un fenómeno cultural peculiar.
El mexicano ha aprendido a convivir con la violencia, pero también aprende a interpretarla. A veces la condena, a veces la teme, en otras incluso la admira.
La cultura popular lo refleja constantemente: corridos, películas, narrativas de poder y desafío que rodean la figura del hombre violento.
No es una glorificación imaginaria, sino un reflejo del verdadero rostro del país.
Freud afirmaba que la civilización genera un conflicto permanente dentro del individuo. Por un lado, el ser humano desea vivir en paz, construir, amar, formar comunidades, y por otro, carga con impulsos que lo empujan hacia la agresión y el dominio.
Ese conflicto nunca desaparece. En sociedades estables, se canaliza hacia la competencia económica, el deporte, la política o la ambición personal, pero, en sociedades donde las instituciones no tienen el poder de mantener el orden, esos impulsos pueden tomar caminos más primitivos.
Entonces la violencia deja de ser simbólica y vuelve a ser física, y lamentablemente, no es una anomalía que padecemos, sino una condición que nos constituye.
Tal vez el error más grande que cometemos al analizar la violencia es imaginar que pertenece exclusivamente a “los malos”. A los criminales, a los corruptos, como si los salvajes que la ejercen fueran una especie separada a nosotros.
La violencia no es ajena al ser humano, es parte de él.
La civilización no nos vuelve pacíficos por naturaleza; simplemente nos obliga a comportarnos como si lo fuéramos.
Y cuando ese frágil equilibrio entre el orden y el caos se rompe, aunque sea momentáneamente, aparece algo que preferimos no reconocer.
Es ver un México que no es violento únicamente por sus circunstancias.
Es violento porque esas circunstancias permiten que emerja, sin demasiadas barreras, aquello que el ser humano siempre ha sido.
Porque bajo las capas de cultura, educación y progreso, el ser humano sigue siendo lo que siempre ha sido.
Un animal capaz de construir catedrales…
y también de incendiarlas.


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