La Pedagogía De La Violencia (PARTE III)


Comprendiendo parte del fenómeno violento tan particular que experimenta México y cierta parte de América Latina, al igual que el hecho de que la violencia pueda colarse dentro de una sociedad no porque el sistema falla, sino porque la permite y habilita, partiendo del hecho de que el mismo ser humano viene codificado con un impulso por destruir, surge la siguiente cuestión:

¿Qué efecto tiene la violencia, en el pueblo mexicano, que convive constantemente con violencia tan extrema, que contempla la traición de un Estado que la habilita, y aun así está limitado por la ley para tomar acción?

En esta cuestión entiéndase por supuesto, que con “pueblo mexicano” me refiero a cualquier ciudadano que no está directamente relacionado con la violencia institucionalizada ni figura en su dinámica de poder. Es decir, que no pertenezca a ninguna corporación de seguridad, estructura política que tome decisiones con efecto en la misma, ni grupo de crimen organizado.

Es lógico pensar que, planteando un panorama tan arrinconado como este, la respuesta es que se genera rencor, odio, sentimientos de impotencia y de profunda tristeza al contemplar la realidad del país.

Porque seamos honestos, no se necesita gran intelecto para darse cuenta de que, en los últimos años, los niveles de violencia han aumentado drásticamente.

La cantidad de muertos y desaparecidos es monumental, sobre todo para un país que su presidente jura y perjura que no tiene un problema con los carteles. En un país que su actual ideología política tanto ha criticado a quien decidió declarar la situación en ese momento como una guerra, y ahora sin ella, mueren aún más.

De que se trata ¿Acaso la herida sangra menos si finjo que no la tengo? ¿No me atraviesa la bala si me tapo los oídos para no escuchar el disparo?

Totalmente lo contrario, negar públicamente la situación actual del país no ha hecho más que normalizar, y permitirle consolidarse a la violencia como una superestructura social.

Seguramente en el gran palacio nacional deben creer que somos ciegos, sordomudos y estúpidos para creer que con mentiras la sangre vuelve a las venas.

Se piden y se exige justicia y que se haga algo por la situación y antes de que terminen de hablar ya se hizo una carpeta de investigación, ya pidió la presidente que de ese tema no se pregunte o directamente ya lo mandaron callar con plomo.

Entones surge la idea de un cambio radical, destituir a quien está a cargo y poner a alguien competente. Cambiar la situación por medio de protestas y buenas maneras.

Pero los primeros signos de rebelión son recibidos con granaderos, son golpeados, empujados y posteriormente en medios, suprimidos, disminuidos y ridiculizados.

Todo se calla en las bocas de quienes gritaban cambio, pero la mente grita y el corazón llora.

Llega una nueva idea, el mismo cambio, pero ahora violento. Un levantamiento, pero ya que el crimen organizado se ha vuelto herramienta extraoficial del estado, el miedo se ha vuelto su principal munición, y así, ¿quién podría confiar en el otro a que también arriesgue su vida y traicione si el momento llegara?

Con un Estado que ha acaparado tanta privacidad, ¿Bajo qué sombra podría germinar la semilla de una revolución?

Y si surgieran, como en su momento lo hicieron, pero en un contexto diferente, las autodefensas ¿Quién estaría dispuesto a pelear rudimentariamente en ambos frentes, primero contra los carteles, brutales y despiadados, y luego contra el Estado, cínico y corrupto?

Porque el problema real no es aplastar los carteles, el problema es la administración que los ha habilitado, sin un cambio radical en ella, cualquier guerra contra el crimen sería interminable. Y yo les aseguro, que ellos tienen más sangre para derramar que nosotros.

Y así llega el pueblo mexicano, sangrando por el crimen, azotado por el Estado, suplicando cambio, y sin poder tenerlo, ¿qué le queda al mexicano, más que el amargo sabor del rencor, que impregna de odio su sangre y empapa sus ojos de tristeza?

¿Madre patria, porque nos has abandonado? ¿Porque me has torcido de esta manera? ¿Que acaso no soy tu hijo? ¿O en qué momento deje de serlo, para volverme un hijo del odio?

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