En el laberinto de humo y espejos que resulta nuestra sociedad postmoderna, sobresale un particular arquetipo que simboliza, quizás mejor que ningún otro, las contradicciones de nuestra época: el animal sofisticado. Este ser, contrario a superar su naturaleza primitiva, la ha impulsado con las herramientas de la inteligencia y la tecnología. Con ello no solo falla en trascender; sino que justifica su profunda sumisión a las pasiones. Es, en esencia, la razón al servicio del instinto, y no al revés.
Nietzsche habría tomado a este ser como nada más que una versión reducida de la voluntad personal. Si su “Übermensch” es aquel que trasciende las limitaciones de la moral esclava para crear nuevos y propios valores, el animal sofisticado es su antítesis: un ser que usa el intelecto no para elevarse, sino para perfeccionar su dependencia a los impulsos. Sus instintos no están sometidos, sino refinados. Así, el hedonismo más básico evoluciona ahora a un lujo refinado, purificado, revestido de argumentos que lo hacen parecer virtuoso.
Los ejemplos sobran. Aquel Influencer que justifica la desmedida búsqueda de validación social en redes con el argumento de «autenticidad». Un empresario que racionaliza la explotación de otros bajo su mano como una simple consecuencia de las leyes del mercado, para el obtener ganancia. El pobre rico obsesionado con el lujo, que llama a su materialismo una «búsqueda de excelencia». En todos estos animales sofisticados, el intelecto no tiene otra función más que como una herramienta del instinto, no como su juez ni como su guía.
Otra filosofía desde la que se podría analizar, es el humanismo renacentista, con su especial énfasis en la razón y la virtud, habría visto en el animal sofisticado una fuerte contradicción. Para sus exponentes, como Pico della Mirandola, la trascendencia del ser humano radica en su capacidad de autodeterminación y libre albedrío, en la posibilidad de elegir ser más que su naturaleza, algo más de lo que ya se es. El animal sofisticado, al contrario, no utiliza su inteligencia con este propósito, sino que lo usa para justificar su sumisión a lo pasajero y efímero. En lugar de buscar lo elevado, glorifica lo inmediato, desperdiciando el potencial de la razón como motor de superación personal y colectiva.
¿Y dónde quedamos con el existencialismo? Sartre habría visto en este ser un ejemplo perfecto de mala fe. El animal sofisticado evade lo terrible que puede tener la libertad y la responsabilidad que inherentemente conlleva crear significado en un mundo sin certeza alguna. En lugar de confrontar el absurdo, se refugia en la comodidad de sus placeres, disfrazándolos de propósito.
El problema de este ser no es la sofisticación en sí misma, sino su razón. Siendo usada como herramienta de trascendencia, la sofisticación puede ser un puente hacia lo sublime, hacia la creación de nuevas formas de vida, arte y pensamiento. Pero en manos del animal sofisticado, se convierte en un mero instrumento para profundizar una existencia simple y superficial.
La reflexión que esto invita no es solo analizar qué nos convierte en animales sofisticados, sino qué podemos hacer para evitarlo. ¿Cómo podemos usar nuestro intelecto, nuestra razón y cultura para superarnos, en lugar de perfeccionar nuestra dependencia a lo primitivo? Quizás tengamos que voltear la vista hacia el interior, hacia aquello que nos distingue de los animales, nuestra capacidad de cuestionar, de rechazar, crear y trascender.
Porque si algo es cierto, es que la sofisticación sometida al instinto no es más que una máscara, y detrás de ella, no encontramos más que a un ser esclavizado por sus propios placeres.


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