Lo que a principios de siglo comenzó como un escándalo de tabloide y un programa de telerrealidad (Keeping Up with the Kardashians), se ha transformado en el objeto de estudio más complejo de la sociología de la comunicación contemporánea. La posibilidad de que Kim Kardashian busque la presidencia de los Estados Unidos en el mediano plazo ha dejado de ser una especulación de la prensa rosa para convertirse en una predicción lógica y analítica.
En su obra teórica «Dekonstructing the Kardashians», la escritora y analista cultural MJ Corey (creadora de la plataforma de investigación social Kardashian Kolloquium) ofrece un andamiaje conceptual que desarma el fenómeno. Su tesis principal obliga a trazar una línea divisoria entre dos conceptos frecuentemente confundidos en el discurso público: el empoderamiento y la liberación.
El laberinto de MJ Corey: Empoderamiento dentro del sistema
Corey sostiene que Kim Kardashian y su dinastía representan el pináculo del empoderamiento, pero estrictamente dentro de los límites y reglas del capitalismo tardío. Su descomunal influencia, su estatus multimillonario y el control absoluto de su narrativa mediática no desafían las estructuras del poder, sino que las asimilan y explotan con maestría.
«El empoderamiento dentro de este marco consiste en dominar el juego existente; la liberación, por el contrario, implicaría destruir o transformar radicalmente las condiciones de ese juego para emancipar a la colectividad», se infiere de la crítica cultural contemporánea.
Las Kardashian no buscan alterar el orden socioeconómico ni subvertir las dinámicas de opresión estética o de consumo; por el contrario, las empaquetan y las venden. Su poder radica en que se han convertido en la corporación humana más eficiente del siglo XXI.
La ecología de los medios: De McLuhan a Baudrillard
Para comprender cómo esta eficiencia económica se traduce en potencia electoral, es obligatorio recurrir a la ecología de los medios. Corey retoma la célebre máxima de Marshall McLuhan: «el medio es el mensaje». Bajo esta óptica, Kim Kardashian no utiliza las redes sociales como simples herramientas de difusión; ella es, en sí misma, la encarnación y el producto de la arquitectura del algoritmo. Las plataformas digitales premian la hipervisibilidad, la curaduría estética constante y el drama fragmentado; Kardashian es la traducción humana de esos algoritmos.
Al análisis de McLuhan se suma la teoría de los simulacros del filósofo francés Jean Baudrillard. En la política contemporánea, la frontera entre la realidad y la representación se ha disuelto por completo, dando paso a la hiperrealidad. Las celebridades no necesitan una plataforma ideológica tradicional o una carrera burocrática; su marca personal opera como un simulacro de liderazgo. La atención masiva se convierte en la única divisa con valor de cambio real en el mercado político.
Asimismo, el teórico de la comunicación Neil Postman, en su premonitorio libro Amusing Ourselves to Death(Divertirse hasta morir), ya advertía que la política en la era de la imagen se transformaría inevitablemente en una rama del entretenimiento. Quien controla el espectáculo, controla la legitimidad democrática.
Los antecedentes del espectáculo político
La historia reciente demuestra que el salto de las pantallas a los botones nucleares es un camino pavimentado con rotundos éxitos operativos:
- Ronald Reagan: El primer gran hito en la política estadounidense contemporánea. Su formación como actor de Hollywood le otorgó el manejo perfecto de las cámaras, la modulación de voz y la telegenia necesarias para construir una presidencia profundamente cinematográfica y carismática durante la Guerra Fría.
- Donald Trump: El ejemplo definitivo de la era de la telerrealidad. Su experiencia en The Apprentice (El Aprendiz) no solo cimentó su imagen de ejecutivo infalible en el imaginario colectivo, sino que le enseñó a manipular los ciclos de noticias de 24 horas a través de la provocación y el espectáculo mediático, una fórmula que lo llevó a la Casa Blanca en 2016.
- Volodímir Zelenski: En el plano internacional, el actual presidente de Ucrania pasó de protagonizar la serie satírica Servidor del Pueblo —donde interpretaba a un profesor de historia que accidentalmente ganaba la presidencia— a ganar la elección real en 2019, demostrando que la ficción televisiva puede moldear directamente la voluntad popular.
El factor Kanye West: La advertencia del exceso
Sin embargo, el ecosistema de las celebridades de élite también ha experimentado con el poder político de manera accidentada. Un antecedente directo y doméstico para Kim Kardashian es su exmarido, el rapero y productor Kanye West.
En las elecciones presidenciales de Estados Unidos de 2020, West lanzó una accidentada y tardía campaña presidencial bajo el cobijo del Birthday Party. Aunque su plataforma política mezclaba un ferviente mesianismo religioso con propuestas de desarrollo económico, su campaña careció de la disciplina corporativa y el control de daños que caracteriza al clan Kardashian. West logró registrarse solo en un puñado de estados, acumulando poco más de 60,000 votos a nivel nacional.
La campaña de Kanye West funcionó como un síntoma y una advertencia: el capital de celebridad otorga visibilidad inmediata, pero sin una estructura hiperprofesionalizada de manejo de datos y contención de crisis, el espectáculo puede devorar al candidato.
El algoritmo hacia el futuro
A diferencia del caos operativo de su exesposo, Kim Kardashian opera bajo una lógica corporativa quirúrgica. Su labor de cabildeo en la Casa Blanca durante la administración Trump para lograr la reforma de la justicia penal y la liberación de Alice Johnson demostró que posee la capacidad de negociar en las altas esferas del poder institucional.
En este junio de 2026, la política global se juega en el terreno de la atención digital y la microsegmentación de audiencias. El análisis de MJ Corey en «Dekonstructing the Kardashians» no hace más que confirmar una cruda realidad de la comunicación moderna: cuando el medio es el mensaje y la política es entretenimiento, el algoritmo es el elector más importante.


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