El precio de saber que somos

2–3 minutos

Estimado lector, hoy te agradezco por el tiempo que le dedicas a esta columna, si bien es un mero ejercicio de reflexión para ti y para mí, me es grato saber que le has dedicado una parte de tu día a leer estas palabras. Habiendo dicho esto…

¿Alguna vez te has preguntado qué nos ha costado saber lo que sabemos, y ser lo que somos?

Es un precio que ya pagamos, es verdad, y fue una transacción de esas que no tiene política de devoluciones, un cobro que ni siquiera nos molestamos en notar, sin embargo, el más relevante de todos.

El de pronto conocer una idea, comprenderla en su totalidad y lograr una relación intrapersonal con la misma, posiblemente consiste en el cambio fundamental mas fuerte que puede sufrir el ser humano. Y pasamos por ello casi a diario.

Por supuesto se que hay de ideas a ideas, no es lo mismo aprender el proceso de cicatrización de un tatuaje en la piel, a de pronto comprender que la sociedad no es más que una serie de reglas en las que todos estuvimos de acuerdo, y solo por nuestra expresa voluntad, son vigentes para nuestro actuar y pensar.

Me fui de extremo a extremo, lo sé, pero así se ilustra perfectamente el punto que quiero lograr con esto. El conocer una idea, resulta en la aniquilación total de la persona que se era antes, por mínima que sea la diferencia en nuestro pensar, ambos seres dejan de ser compatibles en absoluto, y por ello el anterior muere.

Todas las ideas, principios y valores que conforman al individuo, son tan frágiles como un dibujo de tiza en el pavimento. Podemos marcarlo tantas veces y con tanta fuerza como queramos, solo hará falta una gota de lluvia, para que se borre en su totalidad.

Es lo que hace la vida, nos deja crudamente burilar nuestro nombre en el piso, hacernos creer que somos eso que hemos dicho ser, que pensamos como lo hacemos, y que actuamos acorde a ambos. Solo para que al llegar la tarde, lluevan nuevas ideas, nuevas personas, nuevas experiencias y para bien o para mal, nos demuestre que no somos más que tiza.

Pero nunca hay que olvidar, que somos nosotros quienes tienen la tiza en la mano, y con ella, la terrible libertad de escribir nuestro nombre, de la manera que se nos plazca.

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