La pedagogía de la violencia (IV) Una Violenta Herramienta

3–4 minutos

Estimado lector, siendo esta ya la cuarta parte de una misma teoría, debo agradecerte el atención y tiempo que le has dedicado a mis palabras, sin embargo, siendo este un tema tan sensible y emocional para nosotros como mexicanos, es mi deber recordarte que sin importar las ideas tan aparentemente radicales que en esta columna se pudiesen exponer, esto no es más que un ejercicio de reflexión, y, a fin de cuentas, no es más que una opinión subjetiva de un mexicano más, que contempla la realidad que todos vivimos.

Ya que hemos hablado del efecto psicosocial que tiene la violencia extrema en los ciudadanos de este país, valdría la pena darle una reflexión un poco mas profunda a que es la violencia en sí.

La violencia, comúnmente definida como “el uso intencional de una fuerza contra algún individuo o grupo y tiene como resultado la probabilidad de algún tipo de daño”, resulta ser, al menos para nosotros, mucho algo insuficiente.

Dándole una ligera adecuación, yo le definiría como la imposición de un cambio sobre un aspecto de la realidad que ofrece resistencia. Ya sea un aspecto físico o metafísico, ya sea voluntaria, o no.

Resulta entonces, que la violencia no esta solamente limitada al uso deliberado de la fuerza, un huracán es violento, y no por eso tuvo voluntad para ser, pero ahora solo nos centraremos en la violencia humana, que es la que le compete a esta columna.

Esta termina siendo entonces un vehículo de cambio, una vía por la cual, una persona o grupo, espera modificar un aspecto de la realidad que sí, deliberadamente, desea cambiar.

Ya sea física, política, económica, social, emocional, etc. Siempre se intenta modificar un aspecto de la realidad misma.

Una protesta busca cambiar una política.

Una sanción económica entre países busca frenar el desarrollo o detener acciones.

Un golpe trata de hacer pasar al contrincante de un estado consciente, a uno inconsciente.

Es de esta manera, que sea vista en la escala que mas nos guste, la violencia termina siendo una herramienta. Si bien su uso siempre se vera juzgado ante los duros y tibios ojos de la moral y la ética, su permanencia a través de la historia se puede explicar por una simple razón: funciona.

Desde el inicio de nuestros tiempos, cuando aprendimos a cerrar el puño y golpear con los nudillos, hasta su perfeccionamiento en la actualidad, con armas modernas o leyes que hacen mas daño que guerras enteras, nos hemos vuelto auténticos maestros de la violencia.

Nuestras economías, de acuerdo a diversos expertos en la materia, están intrínsecamente ligadas a la violencia oficial y extraoficial de cada Estado. Tratar de vivir sin ella, resulta suficientemente improbable como para poder considerarlo prácticamente imposible.

Y como ya plasmé en las secciones previas de este trabajo, la sociedad y el estado mismo se han encargado de administrarla a su placer, limitando el acceso de gran parte de la sociedad a la misma, y suministrando solo lo necesario para mantenerla en orden. O al menos eso se supone que hace.

Sin embargo, siendo la violencia una parte tan fundamental de nuestra naturaleza, desde la autopreservación individual, hasta la toma de recursos o tierras por parte de una nación, en lugar de suprimirla y eludirla, seria mas provechoso aprender a controlarla, y en su medida, a utilizarla.

Ignorar una herramienta no implica su desaparición; únicamente significa dejar su uso en manos de quienes sí están dispuestos a emplearla.

Demasiadas cosas podrían ser distintas en este mundo, demasiadas personas sufren a diario por causas tan injustas que bien podrían ser diferentes.

Pero ningún cambio viene sin resistencia, y, por ende, sin violencia.
Y no con esto llamo a los radicalismos ni al extremismo.

Es importante no perder de vista, que el silencio puede ser mas violento que un grito, y una firma, puede causar mas daño que una bala.

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