El mexicano, por alguna extraña razón, ha encontrado cierta redención y virtud en el sufrir. Por extraño y bizarro que suene, es una realidad que aplica para gran parte de la población.
¿No sea han preguntado porque, durante todos estos años de abuso y atropello por parte del Estado y el crimen organizado, seguimos aceptándolo? O ¿Por qué teniendo mas de 135,000 desaparecidos a nivel nacional, permitimos que la presidente salga a fingir demencia en cada mañanera, a culpar administraciones pasadas, decir que lo van a investigar o que abrirá una carpeta de investigación?
Y por favor, entiéndase para los propósitos de esta columna, como “mexicano” a la parte pasiva de nuestra sociedad, aquella que solo se queja en privado, o que incluso prefiere ignorar la realidad que la gran parte del país experimenta.
Porque existen colectivos, protestas, madres buscadoras, organizaciones civiles y periodistas que prefieren jugársela frente a las consecuencias ampliamente conocidas de desafiar la narrativa oficial, que quedarse callados, por eso en esta ocasión, me refiero a la parte de nosotros, que no parece participar de esta voluntad de cambio.
Entonces, si somos millones los inconformes y ya hay quienes luchan para generar un cambio, ¿Por qué este no ocurre?
La respuesta, me parece, viene más bien desde un condicionamiento cultural de nuestra conducta, en el que, por alguna razón, el que sufre es virtuoso por hacerlo, y aquí entran diversos factores, de los cuales pienso explorar solo uno en esta ocasión.
Para esto parto de algo que me dijo un buen amigo hace tiempo, después de casi perder la vida: “No porque podamos soportarlo, debemos hacerlo.”
Esta pasividad en la que simplemente toleramos por el hecho de tolerar resulta, en mi opinión, un síntoma claro de la desesperanza aprendida. Qué no es más que el comportamiento que un sujeto exhibe al desistir en sus intentos por escapar un estimulo adverso, es decir, cuando renuncia al control de evitar o escapar su dolencia.
Este comportamiento, ampliamente estudiado desde 1967 en la Universidad de Pennsylvania por el psicólogo americano Martin Seligman como una extensión de sus investigaciones en la depresión, se presenta cuando un sujeto, o en este caso, una población llega a la conclusión, real o ficticia, de que no tiene control sobre el resultado de su vida, ni de lo que pase en ella.
El experimento consistió en utilizar tres grupos de perros, a los primeros dos grupos se les daban descargas eléctricas que podían detener al tocar un interruptor, mientras que al tercer grupo, se les daban descargas a la par que al segundo, pero nada de lo que hicieran detendría las descargas, generando entonces la convicción de que no tenían control alguno sobre el estimulo que los hacia sufrir y, por lo tanto, era inevitable.
Posteriormente los 3 grupos fueron colocados en una caja donde un lado daba descargas y el otro no, y para cruzar simplemente debían brincar una pequeña barda. Los primeros dos grupos rápidamente cruzaron al otro lado, pero los del tercer grupo, que habían aprendido que no tenían control sobre su sufrimiento, simplemente permanecieron acostados y gemían cuando les daban las descargas.
En un país donde cualquiera puede desaparecer, donde la democracia es prostituida en discursos y esclavizada en las instituciones, donde el dolor del ciudadano no es mas que objeto de comedia para el Estado, y aunque la economía vaya en declive, a ninguno de los que dirigen este país parece importarle, es lógico que este comportamiento vaya surgiendo.
A esto, habrá que añadirle una tradición católica con profundas raíces en nuestra historia y costumbres en la cual, a través de la culpa, el arrepentimiento y el sufrimiento se alcanza la salvación, con esto no afirmo que el catolicismo produzca desesperanza aprendida; sí sostengo que ciertos imaginarios culturales sobre el valor redentor del sufrimiento pueden facilitar una mayor tolerancia al dolor cuando se combinan con condiciones sociales de impotencia.
Al igual hay que considerar la preconcepción que comparte gran parte de la población de que la vida está en el aquí y el ahora, que el poder siempre es corrupto y que la violencia es inescapable, haciendo parecer que, es prácticamente imposible que algo cambie.
Estas son solo algunas de las razones por medio de las que se nos ha enseñado que sufrir es de santos, y que el mártir es más virtuoso que aquel que no acepta el dolor.
En los experimentos de Martin Seligman, los sujetos que utilizo para llegar a sus conclusiones tuvieron que ser movidos físicamente en varias ocasiones para que pudieran desarrollar el comportamiento que los sacaría del estimulo doloroso. Y así, pareciese que nosotros también tendremos que volver a aprender, que al final, la ciudadanía es quien tiene el verdadero control del país.
Si no recuperamos el control de este país, por más imposible que parezca, por largo que haya sido nuestro letargo, y nuestro olvido, no seremos diferentes que los pobres perros del tercer grupo del experimento de Seligman, que simplemente se tiraban al piso a sufrir.
El mexicano es fuerte, implacable incluso. Está hecho para el trabajo duro y la lucha larga, pero en algún punto se le olvido, que no porque su cuerpo no se rompa, ni su espíritu se quiebre, debe tolerar un dolor que no se ha merecido.
Porque tener la capacidad de resistir y soportar el dolor, nunca ha sido razón suficiente para aceptarlo.


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