1984: EL INFIERNO QUE SE VIENE (SEGUNDA PARTE)

4–6 minutos

«You think that you live in freedom, but you don’t know what freedom means.»

Estimado lector de Emergente News, con el gusto de saludarle como cada semana, en esta ocasión cerramos este breve recorrido por las distopías más influyentes de la literatura contemporánea: Un mundo feliz, de Aldous Huxley, y 1984, de George Orwell. Ambas novelas fueron concebidas como advertencias y no como profecías; sin embargo, resulta inquietante comprobar que el paso del tiempo las ha convertido en espejos cada vez más nítidos de nuestra realidad.

Solemos pensar que el futuro llegará lentamente, como una promesa distante. Orwell comprendió que no sería así. En una de las frases más demoledoras de 1984 escribió: «Si quieres una imagen del futuro, imagina una bota pisando un rostro humano… para siempre». El infierno no aparece de golpe; se instala poco a poco, hasta que dejamos de distinguirlo de la normalidad. La semana anterior señalaba que Winston Smith había descubierto en el amor una forma de resistencia. Julia representaba aquello que ningún régimen totalitario puede tolerar: la intimidad, el deseo y la posibilidad de elegir libremente a quién amar. El Partido entendía que toda energía emocional debía dirigirse exclusivamente hacia el Gran Hermano. El amor privado competía con la lealtad política y, por ello, debía ser erradicado.

Esta idea encuentra eco en la psicología de Wilhelm Reich, quien sostenía que la represión sistemática de la sexualidad y de los vínculos afectivos facilita la obediencia hacia los sistemas autoritarios. Una persona incapaz de expresar libremente sus emociones resulta más susceptible de canalizar su frustración hacia el enemigo que el poder le señala. Orwell comprendió este mecanismo con una lucidez extraordinaria décadas antes de que las ciencias sociales comenzaran a estudiarlo con mayor profundidad.

Winston y Julia continúan encontrándose clandestinamente convencidos de que aún existe un espacio donde el Partido no puede entrar. Sin embargo, esa esperanza termina cuando son traicionados por el señor Charrington, el aparentemente amable propietario de la habitación que les había servido de refugio y quien, en realidad, era miembro de la Policía del Pensamiento. No es casual que la traición provenga precisamente del lugar que ambos creían seguro. Los totalitarismos no destruyen primero los cuerpos; destruyen la confianza. Cuando nadie puede confiar en nadie, el poder ha conquistado el último territorio verdaderamente humano. La captura conduce a Winston al Ministerio del Amor, el edificio cuyo nombre constituye una de las ironías más crueles de la novela. Allí la tortura no busca obtener información; persigue algo mucho más profundo: reconstruir la personalidad del individuo hasta convertirlo en aquello mismo que antes combatía.

George Orwell comprendió que el poder absoluto no necesita únicamente obediencia. Necesita adhesión. No basta con que el ciudadano calle; debe terminar creyendo aquello que el régimen afirma. Debe aceptar que dos más dos pueden ser cinco si el Partido así lo decide.

Resulta inevitable recordar a Gilles Deleuze cuando describía el tránsito desde las sociedades disciplinarias hacia las sociedades de control. Ya no vivimos exclusivamente bajo la vigilancia impuesta desde arriba; ahora participamos voluntariamente en ella. Entregamos nuestra ubicación, nuestras conversaciones, nuestras fotografías, nuestros gustos, nuestras emociones y hasta nuestros patrones de consumo a plataformas digitales que conocen de nosotros más de lo que nosotros mismos alcanzamos a comprender.

No hacen falta barrotes cuando llevamos el dispositivo de vigilancia en el bolsillo.

Lo verdaderamente perturbador es que ya no intercambiamos privacidad por seguridad, sino por comodidad. Regalamos nuestra intimidad a cambio de recomendaciones personalizadas, entretenimiento inmediato o unos cuantos segundos menos de espera. Hemos normalizado que los algoritmos anticipen nuestros deseos antes incluso de que nosotros seamos conscientes de ellos.

En la habitación 101 ocurre la derrota definitiva de Winston. Allí se enfrenta a aquello que más teme: las ratas. Con una jaula colocada sobre el rostro, suplica que el castigo recaiga sobre Julia y no sobre él. En ese instante no sólo traiciona a la mujer que ama; traiciona aquello que lo hacía humano.

La tortura ha cumplido su propósito.

No únicamente ha quebrado su cuerpo.

Ha desmantelado su identidad.

Cuando finalmente Winston vuelve a encontrarse con Julia, ambos se confiesan que se traicionaron mutuamente. No existe ya la pasión que alguna vez los unió. Sólo permanece una mirada vacía, incapaz de reconocerse. El Partido no asesinó a Winston; hizo algo infinitamente más terrible: logró que dejara de ser Winston.William Shakespeare escribió en Macbeth: «El infierno está vacío; todos los demonios están aquí». Quizá nunca una frase había resultado tan vigente. Los demonios contemporáneos no llevan uniforme ni gobiernan desde un ministerio. Se presentan como algoritmos que conocen nuestras debilidades, mercados que convierten nuestras emociones en mercancía y narrativas capaces de fabricar consensos mientras creemos ejercer nuestra libertad.

Byung-Chul Han advertía que el sujeto contemporáneo ya no es explotado principalmente por otro, sino por sí mismo. Hemos sido transformados en empresarios de nuestra propia existencia, obsesionados con producir, consumir y exhibirnos permanentemente. Orwell imaginó ciudadanos sometidos por el miedo; nuestra época parece perfeccionar esa distopía mediante la seducción.

Sentencio que éste es el infierno que se viene porque hemos comenzado a confundir vigilancia con conectividad, exposición con libertad y consumo con felicidad. Nos fascina la posibilidad de ser observados; buscamos aprobación constante y llamamos elección a decisiones previamente modeladas por algoritmos invisibles.

Shakespeare escribió también: «Amamos no por encontrar a una persona perfecta, sino por aprender a ver perfectamente a una persona imperfecta». Tal vez esa sea la última resistencia posible. Mientras aún podamos amar, pensar y dudar sin que nadie decida por nosotros, la libertad conservará una pequeña llama encendida.

Porque el verdadero Gran Hermano no llegará el día que nos vigile.

Llegará el día en que dejemos de preguntarnos si todavía somos libres.

In silentio mei verba, sic mundus creatus est.

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