Nota al lector: Antes de entrar a la ceremonia
El objetivo de este texto no es salvar almas ni debatir si Dios es bondadoso o vengativo; aquí venimos a hacerle una autopsia a la trampa lógica más famosa de la historia. Nos propusimos bajar la escolástica del altar, apagar el incienso de los dogmas heredados y revisar con lupa cómo la teología medieval usó la retórica para justificar lo que de antemano ya quería creer.
En esta primera entrega, abordamos el origen de nuestras certezas incuestionadas —desde los miedos cotidianos hasta la invención de verdades absolutas—, revisamos la postura escéptica de Bertrand Russell y ponemos sobre la mesa al célebre «Buey Mudo», Tomás de Aquino.
Afilen el criterio: en la segunda parte, desmontaremos una por una sus famosas Cinco Vías para la demostración de la existencia de Dios, pasando la navaja de la razón sobre la causa primera, la regresión infinita y el mito del diseño inteligente.
Bienvenidos al Requiem Aeternam Deo.
El torzón de medianoche y el dogma dominical
Estamos acostumbrados a dar por hecho muchas de las ideas que conocemos; no las cuestionamos y la mayor parte de las veces andamos toda nuestra vida creyendo que son verdades absolutas. Un ejemplo de estas ideas es: “No comas sandía de noche, porque te va a dar un torzón”, y así pasamos nuestra vida sin chingarnos una sandía con limón y chile después de que el sol ha dejado de iluminar este plano, porque no vaya a ser que a medio sueño el temido torzón acabe con la suscripción que tengo a esta vida.
Y la idea de la sandía y el torzón no son tan lejanas a la idea que tenemos sobre Dios. “Alguien” o muchos “alguien” por años y años de nuestra vida nos dijeron que no era posible que estuviéramos solos en este mundo y que existía un Ser que nunca ibas a ver o conocer mientras estuvieras vivo; ese Ser fue quien te creó, te eligió, (en el caso de Latinoamérica) te bautizó y ahora ocupa de ti los domingos para que se mantenga contento. Yo por mi parte, como un día dijo Homero Simpson en su sabiduría cuando Marge le recordó que Nuestro Señor es tan bondadoso que solo quiere nuestra atención una hora a la semana, respondo: “Pues que ponga una hora más a la semana, ¡negrero!”.
En fin, de lo que se trata esto es de analizar un poco más esas ideas que nos han vendido por años sobre ese ser que está oculto, que es sagrado, que es incuestionable, que es tan poderoso que hizo el universo conocible en siete días; al humano de barro y de un chiflón en el hocico que le dio el “alma”, y creó a todos y a todo a un nivel de perfección inigualable… pero nadie se ha detenido a ver un pug o a analizar qué es un ornitorrinco y por qué Dios hizo un animal con las piezas que le sobraron de otros; menos mal no le sobraron aguijones de alacrán, alas de águila y genes de burro. Y eso que en los grados de perfección y en el mejor de los mundos posibles Dios es un experto, como lo escuchamos en el trabajo anterior.
Russell, la navaja de Ockham y las alas de la fe
¿Por qué no soy cristiano? Aunque ese apodo me persiga en mis roles pasados, ahora es como un mote más sarcástico que verdadero y curiosamente se relaciona con una de las preguntas que se dio a la tarea de responder el filósofo inglés Bertrand Russell; respuestas que encontramos en la obra que lleva el mismo nombre y que no es paradigmática, sino más bien una recolección de cartas y conferencias que dio sobre el tema y después las publicó. El buen Russell no quiso hacer una obra con metodología filosófica escéptica y positivista, pues aunque su capacidad le diera para ello, el tema no le era tan relevante, mencionando que los cristianos y creyentes tenían que demostrar la existencia de ese ser por el que derramaban litros de tinta para explicar lo que en realidad no es muy explicable.
En resumen, como escéptico y positivista, mejor apelaba a la buena guillotina de Ockham: “Donde la explicación más sencilla suele tener la razón”.
Comencemos por mencionar que, aunque suene algo extraño, un 14 de septiembre de 1998 San Juan Pablo II estableció que era posible que por medio de la sola razón, iluminada bajo la luz de la fe, el hombre era capaz de encontrar a Dios, todo bajo las siguientes palabras: “Fides et ratio, binae quasi pennae videntur quibus veritatis ad contemplationem hominis attollitur animus” (La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad). Me sorprende que ahora sí no se rían a carcajadas: ¿cómo es posible que la fe y la razón se pongan al mismo nivel de conocimiento?
Seamos pues serios: es imposible que el conocimiento que nos puede ofrecer la fe por sí misma tenga el mismo nivel al que posee la razón. Para empezar, la razón por sí misma no saca respuestas de la nada, sino que se apoya directamente en los sentidos, en las cosas materiales que le dan noticias y luego son estructuradas y contrastadas con conocimiento anterior adquirido para irse perfeccionando a sí misma, de la misma manera que lo hace el método científico. Pero la fe, su única vía es la especulación, los discursos, la moral y sus leyes: los dogmas.
El Buey Mudo entra en escena
Sin embargo, han existido hombres que se han propuesto explicar, únicamente con la razón, cuál es la necesidad de que exista un Ser Superior. Es decir, tratan de dar argumentos racionales donde dejan el aspecto de la fe a un lado, apelando a la lógica.
Tomás de Aquino, uno de los grandes pensadores de todos los tiempos, fue un filósofo de cuyas leyendas se cuenta que no hablaba nunca en clase y como era gordo le decían elbovem mutum. Uno de sus profesores profetizó de él: “Ustedes lo llaman el buey mudo, pero este buey llenará un día con sus mugidos el mundo entero”, y ese profe no era cualquier buey: era San Alberto Magno. En fin, otro de sus cuentitos dicta que cuando tenía momentos de éxtasis divino tenía que estar cerca de cinco escribanos, a los cuales les dictaba a cada uno diferentes lecciones de profunda filosofía y teología y a todos les daba batalla. Por último, uno de sus más famosos cuentitos es que cuando pudo por fin ver a Dios, el buey quedó loco y quería quemar sus obras: la Summa Theologiae y la Summa contra Gentiles. Ya saben: pasatiempos de religiosos.
(Continuará en la Parte 2: Desmontando las Cinco Vías y el mito del diseño inteligente)


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