Pocas veces esta vida tiene la bondad de regalarnos el extraño saber de qué hacemos algo o vemos a alguien por última vez. En su lugar, más a menudo, suele arrebatarnos las cosas: a veces con la crueldad de un accidente; otras, con la sutileza de la distancia y las mareas del tiempo.
Comprender que estamos experimentando una última vez requiere de la total presencia del ser en el momento. Requiere que, aunque el pasado haya sido lo que nos trajo hasta aquí, no se siente en la mesa sin ser invitado; y que, como el futuro todavía no existe —o, más bien, nunca existió—, nadie esté esperando verlo llegar.
Una última vez se ve como cualquier otra: como ayer, cuando comimos juntos; como hoy, cuando nos cruzamos por la calle y nos saludamos; o como mañana, cuando me siente contigo a platicar un rato y luego nos vayamos porque aún había pendientes.
De hecho, solo solemos saber que una última vez lo fue cuando no volvió a haber otra, mucho después de aquella última. Esa es la terrible ironía de un tiempo lineal: no sabemos lo que estamos viviendo hasta que el pasado queda sellado.
Aquí se encuentra quizá otra de las extrañezas del tiempo: hay momentos cuyo significado no conocemos mientras los vivimos. Una conversación puede parecernos trivial y, años después, convertirse en un recuerdo fundamental. Una fotografía puede haber sido tomada sin más un martes por la tarde y terminar siendo el último registro de una persona. El momento no cambió. Lo que cambió fue nuestro conocimiento de él y nuestra relación con él.
Quizá sea precisamente por esto que nuestra rutina nos ha adormecido el sentido del presente. Nos acostumbramos a los “¡hasta mañana!”, “nos vemos luego” o “nos estamos viendo”. Estamos tan habituados a la certeza del mañana que olvidamos que nunca fue una certeza en lo más mínimo.
Despedidas como “nos vemos mañana” parecen inocentes precisamente porque las hemos repetido tantas veces sin pensar en la posibilidad de que no haya mañana. Pero esta misma noche habrá personas que no despertarán mañana. Y a todas les dijeron alguna vez que luego las verían.
Y no por eso debemos caer en el melodrama de creer que nunca volveremos a ver a nadie después del momento en que lo hacemos. No se trata de dejarnos llevar por el pánico y la paranoia, ni de tratar de hacer y vivir todo de manera desenfrenada porque no hay un mañana asegurado.
No debemos perder de vista la realidad: ser mortales no significa que mañana llegará nuestro fin; que podamos tener un accidente no significa que lo tendremos. La posibilidad no constituye realidad.
No podemos conducir pensando que cada viaje será nuestro último. No podemos despedirnos de nuestros padres cada vez que salen de casa. No podemos tratar cada conversación como una despedida.
Hemos construido una sociedad que nos ofrece barreras y seguros para disminuir los riesgos de que algo nos ocurra. No los elimina, por supuesto; solamente los reduce.
Por eso ya no estamos en el supuesto de “no tengo tiempo, entonces debo hacerlo todo”; es, en su lugar, “tengo tiempo, entonces debo apreciarlo”.
Se trata, entonces, de desprendernos del pasado y del futuro, de las preocupaciones y las pequeñeces de la vida, para poder apreciar el presente por lo que es: un instante que contiene la posibilidad de ser el único con el que jamás volvamos a contar, antes de que las cosas lleguen a su fin.
Y cuando hablamos del fin, nuestra mente suele llevarnos inmediatamente a la muerte: al cese repentino de la existencia. Pero no hay que olvidar que, incluso en vida, ¿cuántas veces no volvimos a ver a alguien?, ¿cuántas veces no volvimos a hablar con una persona que estimábamos? ¿Cuántas veces no visitamos un lugar cargado de recuerdos por última vez sin saberlo.
Ponerle fin a algo, en este sentido, pareciera similar a pedir la cuenta en un restaurante sin haber revisado lo que se ordenaba. Todo carece de un valor definitivo mientras la cuenta sigue abierta, hasta que se detiene el conteo y se hace un total de lo que se tuvo.
El tiempo funciona de una manera similar. Es infinito, vale todo y nada a la vez mientras sigue transcurriendo. Hasta que llega la cuenta.
De pronto, cada segundo, cada hora, cada día y cada año que pasamos —o que no pasamos— con alguien cobra el verdadero valor que posee, porque simplemente ya no habrá más.
Saber que una vez es la última trae un sabor agridulce porque, si bien se nos obsequió un presente auténtico, también comprendemos cuánto nos costaron el enojo, la tristeza o cualquier otra emoción que nos impidió estar verdaderamente ahí.
Todos tendremos derecho a nuestra ira. Nuestras emociones y nuestras decisiones estarán, muchas veces, justificadas. Pero frente al juicio de un tiempo concluido, ¿cómo podríamos defender una hora de resentimiento cuando no volveremos a contar con un solo segundo?
Cuando llega la cuenta, ya no se puede negociar.
Y así termina uno: extrañando, arrepentido, esclavo de un pasado que ya no existe; queriendo usar tiempo que ya no tenemos, porque no supimos aprovecharlo y dejamos que se nos escapara como arena entre las manos, porque creímos que estábamos en el desierto.
La verdad es que la vida nos regala últimas veces todos los días. Solo que estamos demasiado ahogados en nuestros asuntos para darnos cuenta.
Valdría la pena, de vez en cuando, levantar la cabeza.
Sentir el sol en la cara.
Sentir los pies funcionar, las manos abrirse y cerrarse.
Mirar a la cara a quienes amamos, abrazarlos y hacérselo saber.
No porque creas que mañana podrás decir “te quiero” significa que lo harás.¿Qué sabiduría posees? ¿Qué poder se te ha conferido que te asegura que mañana seguirás respirando, tú y aquellos a quienes amas?
Valdría la pena, de vez en cuando, estar presentes.
Para no sufrir tanto en las últimas veces.


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