“Language has reshaped our perception of violence. Reality is no longer common ground, but the narrative imposed by the powerful—even when that narrative leads us into hell.”
Estimado lector de este reconocido medio de comunicación, EMERGENTE: como cada semana, es un gusto saludarle y agradecer profundamente el tiempo y la atención que dedica a esta columna. Del mismo modo, agradezco a su director, Eduardo Escamilla, por mantener abierto un espacio en el que la filosofía y la literatura puedan dialogar con los problemas de nuestro tiempo.
La semana pasada terminé dos libros que, pese a pertenecer a registros diferentes, parecen encontrarse en un mismo punto de oscuridad: Cadáver exquisito, de Agustina Bazterrica, y Realismo capitalista, de Mark Fisher. Ambos permiten formular una pregunta incómoda: ¿cuánto horror puede normalizar una sociedad antes de dejar de reconocerlo como horror? Bazterrica construye una distopía brutal. Después de que el consumo de animales se vuelve inviable, la sociedad institucionaliza la crianza, sacrificio y comercialización de seres humanos para consumo. Pero quizá lo verdaderamente perturbador de la novela no sea el canibalismo. Lo terrible es la facilidad con la que el lenguaje consigue volverlo aceptable.
Las personas dejan de ser personas. Se transforman en producto, mercancía, categoría, materia prima.
Ahí comienza la violencia más peligrosa: no necesariamente cuando alguien golpea o mata, sino cuando hemos construido un discurso capaz de explicar por qué hacerlo resulta normal.
El lenguaje administra la conciencia.
Cambiar el nombre de las cosas permite modificar nuestra percepción moral sobre ellas. Cuando dejamos de llamar a alguien “persona” y comenzamos a denominarlo producto, número o especie inferior, también podemos convencernos de que su sufrimiento vale menos. La violencia deja entonces de presentarse como violencia y comienza a aparecer como procedimiento. La novela es particularmente incómoda porque obliga a mirar nuestra relación actual con los animales. Criamos seres vivos en condiciones industriales, administramos sus cuerpos, decidimos cuándo nacen, cómo viven y cuándo mueren, para finalmente convertirlos en objetos de consumo. Lo escribo también desde mi condición de vegetariano: Cadáver exquisito coloca un espejo frente a nosotros y simplemente cambia a la especie que está del otro lado.
La pregunta entonces deja de ser: ¿cómo pudieron llegar a semejante barbarie?
La pregunta correcta es: ¿qué barbaridades hemos aprendido nosotros a considerar normales?
Cioran escribió una frase extraordinariamente pertinente: “En nuestro miedo, somos víctimas de una agresión del futuro”. El problema es que muchas veces tememos tanto al futuro que dejamos de observar la violencia que ya se encuentra instalada en el presente.
Y es precisamente aquí donde aparece Mark Fisher.
En Realismo capitalista, Fisher analiza una sociedad incapaz de imaginar seriamente una organización distinta del capitalismo. La conocida formulación que atraviesa su argumento resulta contundente: parece más sencillo imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo. No significa que absolutamente todo lo que ocurre sea responsabilidad directa de un sistema económico. La reflexión es más profunda: cuando una lógica se convierte en el horizonte completo de nuestra existencia, dejamos incluso de reconocerla como una construcción histórica.
El consumo deja de ser una actividad y se convierte en identidad.
Ya no consumimos exclusivamente para satisfacer necesidades. Consumimos para demostrar quiénes somos, a qué grupo pertenecemos, cuánto éxito hemos alcanzado e incluso cuánto valemos frente a los demás. El problema surge cuando esta lógica penetra también nuestras relaciones: personas, experiencias, cuerpos, conocimientos y emociones comienzan a ser evaluados bajo criterios de utilidad, rendimiento y acumulación.
En Cadáver exquisito, el cuerpo literalmente se convierte en mercancía. En Fisher, la existencia termina simbólicamente colonizada por la misma lógica.
Distintos caminos; una inquietud semejante.
Cioran describió el poder como “ese infierno tónico, síntesis de veneno y panacea”. Quizá allí encontramos otra de las claves: los sistemas que dominan una época rara vez se presentan únicamente como instrumentos de opresión. También ofrecen seguridad, aspiraciones, bienestar, entretenimiento y promesas. Precisamente por eso resultan tan difíciles de cuestionar.
El poder más eficaz no necesita recordarnos diariamente que existe.
Consigue que nosotros mismos reproduzcamos su lógica.
Ambas obras terminan hablando, desde distintas trincheras, de la normalización. Una sociedad puede habituarse prácticamente a cualquier cosa si consigue construir primero las palabras necesarias para justificarla. El ser humano posee una capacidad extraordinaria para indignarse frente al horror ajeno y, simultáneamente, desarrollar una sorprendente tolerancia hacia el horror cotidiano.
Por eso la filosofía sigue siendo necesaria.
No para ofrecernos frases bonitas que publicar en redes sociales, sino para incomodarnos. Para obligarnos a preguntar por qué vivimos como vivimos, por qué deseamos lo que deseamos, quién construyó nuestros criterios de éxito y cuánta violencia estamos dispuestos a ignorar mientras nuestra propia comodidad permanezca intacta.
Tal vez el apocalipsis no sea necesariamente una explosión final.
Tal vez el verdadero apocalipsis comience cuando contemplamos algo profundamente inhumano y ya no sentimos absolutamente nada.
La reflexión, entonces, no consiste únicamente en preguntarnos hacia dónde vamos, sino en atrevernos primero a diagnosticar dónde estamos. Porque solamente reconociendo el grado de deterioro, indiferencia y normalización de nuestra época podremos imaginar una realidad distinta.
Y quizá ésa sea una de las últimas funciones revolucionarias de la literatura: devolvernos la capacidad de sentir extrañeza frente a aquello que el mundo insiste en llamar normal.
Los invito también a formar parte de Literatos, nuestro club de lectura, un espacio para conversar sobre literatura, filosofía y pensamiento crítico, porque leer no consiste únicamente en recorrer páginas: significa aprender a mirar nuevamente el mundo.


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