El que controla el relato, controla la realidad

6–10 minutos

En 1928, un hombre publicó el manual más honesto que jamás ha escrito alguien dedicado a la manipulación.

No lo escribió desde la clandestinidad. Lo publicó con su nombre, lo vendió en librerías, y lo tituló con una sola palabra que en esa época todavía no asustaba a nadie: Propaganda.

Su autor era Edward Bernays — sobrino de Sigmund Freud, arquitecto de las relaciones públicas modernas, y quizás el hombre que más influyó en cómo los gobiernos y las corporaciones del siglo XX aprendieron a mover masas sin que las masas se dieran cuenta. Su tesis era simple y perturbadora: existe un gobierno invisible que es el verdadero poder que rige cualquier sociedad. No el gobierno electo. No las instituciones. No los ejércitos.

El relato.

Casi cien años después, Bernays sigue teniendo razón. Solo que ahora las herramientas son infinitamente más baratas, más veloces, y están al alcance de cualquiera con suficiente dinero y voluntad de usarlas.

Pero antes de hablar de cómo funciona la manipulación hoy, hay una distinción que importa. Vivimos rodeados de tres cosas que parecen lo mismo y no lo son. La publicidad te vende algo — y al menos es honesta en su intención: sabes que te están vendiendo. Las relaciones públicas construyen una percepción, más sutil, casi nunca anunciada como tal. Y la propaganda busca cambiar lo que crees y cómo te comportas, casi siempre ocultando quién está detrás.

En el ecosistema digital de hoy, la frontera entre las tres ha desaparecido. Un portal de noticias aparentemente independiente puede estar operando en realidad como una herramienta financiada por intereses que nunca verás en los créditos, usando técnicas de relaciones públicas para disfrazar la manipulación como periodismo. No hablamos de mentiras aisladas. Hablamos de una industria completa dedicada a fabricar, amplificar y vender realidades.

Y hay un modelo académico que lo explica con una precisión que incomoda.

En 1988, el lingüista y filósofo Noam Chomsky y el economista Edward Herman publicaron Los guardianes de la libertad, donde describieron lo que llamaron el «modelo de propaganda» de los medios: cinco filtros por los que pasa cualquier información antes de llegar a ti. El primero es la propiedad — quién es dueño del medio. El segundo, la publicidad — quién paga las cuentas. El tercero, las fuentes — de quién depende el periodista para obtener información. El cuarto, la presión — quién puede castigarte por publicar algo incómodo. Y el quinto, la ideología dominante — el marco mental que todos comparten sin cuestionarlo y que actúa como un filtro invisible.

Chomsky escribió ese libro analizando los medios tradicionales del siglo XX. Lo perturbador es que en la era digital los cinco filtros no desaparecieron. Se multiplicaron. Y se volvieron invisibles.

El algoritmo no premia la verdad. Premia la indignación.

En 2018, un equipo de investigadores del MIT liderado por Soroush Vosoughi publicó en la revista Science uno de los estudios más citados y más demoledores de la última década. Analizaron la difusión de 126,000 cadenas de noticias en Twitter entre 2006 y 2017 — un total de tres millones de personas compartiendo información. Su conclusión sacudió los fundamentos de lo que creíamos sobre la comunicación digital: las noticias falsas tienen un 70% más de probabilidad de ser compartidas o retuiteadas que las verdaderas.

Pero el dato más perturbador no era ese. Era la razón detrás.

Los investigadores descubrieron que las noticias falsas se difunden más rápido no porque la gente sea ingenua, sino porque son más novedosas, más sorprendentes y generan reacciones emocionales más intensas que la información verdadera. La verdad, en comparación, es aburrida. No genera el mismo coraje, la misma indignación, el mismo impulso inmediato de compartir. Y los algoritmos, que fueron diseñados para maximizar el tiempo que pasas mirando una pantalla, premian exactamente eso: la emoción por encima del rigor.

El filósofo coreano Byung-Chul Han tiene un concepto para describir lo que somos en redes: un enjambre. Millones de voces aisladas que se agitan al mismo tiempo, sin formar una opinión pública real, sin sostener un argumento en común. Una multitud tradicional marcha, se organiza, tiene un cuerpo y una dirección. Un enjambre digital aparece, hace ruido momentáneo — un trending topic, una ola de indignación colectiva — y se dispersa sin haber cambiado absolutamente nada. Por eso una tendencia puede desaparecer en 48 horas sin dejar huella. El ruido no transforma. Solo distrae.

Y hay quienes han convertido esa distracción en un negocio.

Existe una industria dedicada a fabricar el ruido.

Una granja de bots no es una metáfora ni una conspiración de película. Es una operación documentada, decomisada, fotografiada. Cuartos enteros con racks de cientos de teléfonos físicos, cada uno operando docenas de cuentas falsas de forma simultánea y coordinada. El objetivo es siempre el mismo: simular que una idea, un candidato o un producto tiene más apoyo espontáneo del que realmente tiene.

El mecanismo es elegante en su perversidad. Se define un mensaje simple, fácil de repetir sin pensar. Se activa la red. El algoritmo detecta el volumen repentino de actividad y lo convierte en tendencia. La prensa recoge «lo que se dice en redes» — de buena fe, sin saber que era fabricado. Y para el público, en ese momento, ya no importa el origen: si es tendencia, parece real. La percepción se vuelve realidad antes de que nadie haya verificado nada.

Lo más incómodo de esta historia es que no tiene una sola ideología ni un solo color político. Los «Peñabots» — más de 75,000 cuentas documentadas por Oxford durante el sexenio de Peña Nieto. La Internet Research Agency de Rusia — una oficina real en San Petersburgo con empleados, horarios y nómina. El «Partido de los 50 Centavos» en China — comentaristas pagados por el Estado para inundar foros y redes con narrativas oficialistas, estudiados por Harvard. Y en América Latina, un caso muy reciente se volvió tan mediático como revelador.

Fernando Cerimedo es un consultor argentino que trabajó como asesor digital de Javier Milei, y cuyo nombre aparece vinculado a campañas de desinformación en varios países de la región. En una entrevista de 2023 con Infobae, el propio Cerimedo afirmó manejar alrededor de 50,000 cuentas en Twitter — hoy X — con el objetivo de, en sus palabras, «engañar a los algoritmos» en campañas políticas. Lo dijo sin eufemismos. Lo dijo como quien describe una herramienta de trabajo. En agosto de 2026, la Fiscalía de La Paz, Bolivia, reportó el hallazgo de una granja de bots durante allanamientos relacionados con una investigación por intento de feminicidio contra su expareja. Su defensa aseguró que los dispositivos decomisados eran equipos de telecomunicaciones de uso legítimo. Las investigaciones continúan.

Cerimedo no es una anomalía. Es la cara visible de una industria que opera en las sombras de todas las democracias latinoamericanas, sin importar el signo ideológico de quien la contrata. Un documento del Ministerio del Interior de Venezuela, filtrado en 2017 al Instituto Prensa y Sociedad, reveló la existencia de un ejército de trolls oficialista estructurado con lógica militar: cada operador administraba 23 cuentas, y una «brigada» de 500 personas podía controlar hasta 11,500 cuentas simultáneas. El caso fue documentado por la Universidad de Oxford en su reporte global sobre manipulación organizada en redes sociales.

Izquierda, derecha, centro. La desinformación no tiene bandera. Tiene presupuesto.

El antídoto no es la desconfianza. Es la pausa.

La respuesta a todo esto no es el cinismo — creer que todo es mentira y no confiar en nada. Eso también le conviene al ruido, porque un ciudadano que no cree en nada es tan manipulable como uno que cree en todo. La respuesta es más sencilla y más poderosa de lo que parece: dos minutos antes de compartir algo.

¿Quién lo publicó primero — un medio identificable o una cuenta anónima? ¿Otros medios serios están cubriendo lo mismo? ¿El contenido es real pero el contexto está manipulado? En julio de 2026, un video se viralizó en decenas de países mostrando a dos hombres envueltos en cinta adhesiva con forma de Teletubby, presentado como «justicia comunitaria contra ladrones». Medios de varios países lo replicaron como noticia antes de que nadie verificara nada. El dueño de la cuenta de origen aclaró días después que era un reto de entretenimiento para un live de TikTok. Nadie robó nada. Nadie fue detenido. Pero el daño informativo ya estaba hecho — y la mayoría de quienes compartieron la historia nunca vio la aclaración.

Y sobre todo: duda especialmente de lo que te da demasiado gusto o demasiado coraje al primer vistazo. Ese golpe emocional inmediato no es casualidad. Es diseño.

El control del relato es, en sí mismo, el mecanismo detrás de todos los plot points de la historia moderna. Ningún giro histórico irreversible ocurre en el vacío. Ocurre porque alguien logró imponer primero una narrativa que el mundo terminó creyendo. Antes de que los tanques cruzaran una frontera, antes de que cayera un gobierno, antes de que una elección cambiara el rumbo de un país — alguien ya estaba trabajando en el relato que justificaría todo lo que vendría después.

Eso no va a cambiar. Pero lo que sí puede cambiar es cuántos de nosotros sabemos exactamente cómo funciona.

Esta columna no existe para decirte qué pensar. Existe para insistir en cómo pensar.

Y esa pausa de dos minutos antes de compartir, es lo único que de verdad debilita a una granja de bots.

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