PSICOPOLÍTICA: EL PODER QUE APRENDIÓ A PARECER LIBERTAD

4–6 minutos

Estimado lector de este reconocido medio de comunicación emergente:

Como cada semana, agradezco enormemente el tiempo y la atención que destina a esta columna. En esta ocasión quiero detenerme en una obra que, pese a su brevedad, contiene una de las críticas más interesantes sobre el funcionamiento del poder en nuestro tiempo: Psicopolítica, de Byung-Chul Han.

La pregunta que atraviesa el libro podría formularse de una manera aparentemente sencilla: ¿cómo funciona el poder cuando las personas creen ser completamente libres?

Durante buena parte de la historia moderna imaginamos el poder mediante una lógica vertical. Existía una autoridad, una institución, un Estado, un patrón o un sistema disciplinario que imponía normas sobre los individuos.

La imagen era relativamente sencilla: alguien ordenaba y alguien obedecía.

Michel Foucault mostró que la realidad era mucho más compleja. El poder moderno no se limitaba al castigo visible, sino que penetraba instituciones como la prisión, la escuela, el hospital o la fábrica. Los individuos aprendían progresivamente a vigilarse y disciplinarse.

Byung-Chul Han continúa esta genealogía, pero sostiene que hemos ingresado en una nueva fase.

El poder contemporáneo ya no necesita decir permanentemente “no”.

Ha descubierto que resulta mucho más eficiente decir “sí”.

Puedes desarrollarte.

Puedes emprender.

Puedes ser exitoso.

Puedes transformar tu cuerpo.

Puedes construir tu propia marca.

Puedes convertirte en aquello que quieras.

Parece una extraordinaria declaración de libertad.

Pero Han advierte que precisamente ahí se encuentra la nueva arquitectura del dominio.

El neoliberalismo transforma al individuo en empresario de sí mismo. Ya no existe solamente un trabajador explotado por otro. Aparece un sujeto que se explota voluntariamente creyendo que está realizando su propio proyecto.

Trabajamos después del horario laboral.

Contestamos mensajes durante la noche.

Convertimos nuestras aficiones en oportunidades económicas.

Medimos nuestros pasos, nuestra productividad, nuestras horas de sueño, nuestros seguidores y hasta nuestra capacidad para descansar.

La existencia comienza a adquirir las características de una empresa.

Y nosotros somos, simultáneamente, propietarios y trabajadores de esa empresa.

Por eso el poder adquiere una característica inédita: deja de necesitar una presencia visible.

No requiere permanentemente policías, supervisores o mecanismos externos de vigilancia porque hemos aprendido a vigilarnos nosotros mismos.

Las redes sociales representan uno de los escenarios privilegiados de esta psicopolítica.

Nunca una sociedad había producido voluntariamente tanta información sobre sí misma.

Publicamos dónde estamos, qué consumimos, qué nos interesa, con quién nos relacionamos, qué deseamos, qué rechazamos y aquello que despierta nuestras emociones.

El antiguo poder necesitaba investigar a los individuos.

El poder digital recibe la información directamente de ellos.

Más aún: nosotros competimos por proporcionarla.

Queremos ser vistos.

Queremos ser reconocidos.

Queremos producir contenido.

Queremos acumular seguidores, reacciones y aprobación.

El panóptico descrito por Foucault necesitaba que el individuo sospechara que podía estar siendo observado. El panóptico digital funciona de una manera distinta: el individuo desea ser observado.

Esta diferencia resulta fundamental.

El poder más eficaz no es necesariamente aquel que prohíbe nuestras acciones, sino aquel capaz de intervenir en nuestros deseos.

De eso trata esencialmente la psicopolítica.

No basta con controlar lo que hacemos. El verdadero poder contemporáneo intenta anticipar aquello que queremos hacer.

Los datos permiten construir perfiles, identificar patrones y predecir comportamientos. Las plataformas conocen nuestras preferencias y organizan buena parte de aquello que aparece frente a nosotros.

Creemos navegar libremente cuando, en realidad, transitamos dentro de arquitecturas digitales diseñadas para capturar nuestra atención.

Cada desplazamiento de pantalla parece irrelevante.

Cada clic parece una decisión individual.

Cada recomendación parece casual.

Pero la suma de millones de pequeñas interacciones construye un conocimiento extraordinario sobre el comportamiento humano.

Y el conocimiento siempre ha mantenido una relación profunda con el poder.

Aquí encontramos uno de los aspectos más inquietantes de la obra de Han: la dominación puede funcionar sin violencia visible.

No hace falta imponer una ideología cuando podemos construir un sistema capaz de administrar la atención y orientar los deseos.

El sujeto contemporáneo conserva jurídicamente muchas libertades, pero vive inmerso en una economía que disputa constantemente su percepción.

Por ello debemos preguntarnos qué significa realmente ser libres.

¿Somos libres simplemente porque nadie nos obliga físicamente?

¿O la libertad requiere también comprender qué fuerzas intervienen en nuestros deseos, nuestras decisiones y nuestra manera de interpretar la realidad?

Psicopolítica no debería leerse como una invitación paranoica a abandonar la tecnología. Sería absurdo imaginar que podemos regresar a una sociedad anterior a internet.

Su valor reside en otra cuestión: obligarnos a desarrollar conciencia.

Usar una herramienta no significa necesariamente comprender la lógica que existe detrás de ella.

Habitamos plataformas que no son neutrales. Tienen modelos económicos, algoritmos, incentivos y objetivos específicos. Nuestra atención posee valor económico y nuestros datos constituyen una extraordinaria fuente de conocimiento.

Quizá por ello una de las resistencias posibles frente a la psicopolítica sea recuperar espacios donde la existencia no necesite convertirse permanentemente en información.

Leer.

Conversar.

Contemplar.

Caminar.

Escuchar.

Aburrirse.

Guardar silencio.

Pensar antes de reaccionar.

Son actividades aparentemente pequeñas, pero tienen algo profundamente disruptivo: interrumpen momentáneamente la lógica de la productividad y la exposición permanente.

Byung-Chul Han nos obliga finalmente a revisar una vieja pregunta filosófica.

No basta con preguntarnos quién gobierna.

Debemos preguntarnos también desde dónde se construyen nuestros deseos.

Porque quizá el poder más sofisticado que haya producido la modernidad sea aquel que logra que el individuo obedezca sin sentirse obediente, trabaje sin sentirse explotado y entregue su intimidad mientras celebra la posibilidad de mostrarse libre.

La nueva prisión no necesariamente tiene muros.

Puede caber perfectamente en la palma de nuestra mano.

IN SILENTIO MEI VERBA, SIC MUNDUS CREATUS EST

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